Saltillo no suele presentarse como una ciudad escandalosa para comer. No necesita hacerlo. Su cocina trabaja de otra manera: con hornos encendidos desde temprano, cortes gruesos sobre el carbón, nueces, leche, piloncillo y panes que perfuman una cuadra antes de que uno encuentre la puerta. Es una gastronomía de clima seco, de caminos ganaderos y